miércoles, 14 de junio de 2006

Hermann Prey recuerda a Wunderlich



Para terminar con la serie dedicada a Fritz Wunderlich, reproduzco fragmentos de la biografía del barítono Hermann Prey, compañero y amigo de Wunderlich.

Biografía de Hermann Prey Premierenfieber, Monaco, Kindler, 1981.
Capítulo 13. Amigo Fritz

Nos conocimos en julio de 1959 en los ensayos de Die Schweigsame Frau de Richard Strauss en Salzburgo, Fritz cantaba la parte del alegre sobrino de Sir Morosus, que quiere casarse con una mujer silenciosa y, como Don Pasquale, es burlado. Hacía yo mi debut en el Festival con el personaje del barbero charlatán.
Fritz, nacido en 1930, y yo teníamos más o menos la misma edad. Pero él ya era conocido en Salzburgo ; él era el veterano y yo un debutante. En Die Schweigsame Frau el sobrino y el barbero traman un montón de cosas contra el tío. Con Wunderlich había una gran complicidad, lo supe enseguida. Él debió tener la misma sensación conmigo, porque pronto surgió una simpatía recíproca. Así comenzó una amistosa colaboración con un colega no sólo querido, sino extraordinariamente dotado, que en el breve periodo que fue desde 1958 hasta el 1966, llegó a convertirse en uno de los mejores cantantes de su tiempo.

Como Tamino era incomparable; cantaba su Don Otavio con una virilidad que a menudo carecen las interpretaciones de este personaje, y un Belmonte de ensueño, seguro: no he escuchado nunca la dificilísima aria “dell´Architetto”, cantada así. Era un Alfredo conmovedor en La Traviata, que hicimos con Teresa Stratas como Dama de las camelias y la joven Brigitte Fassbaender como Annina, con la dirección de August Everding en italiano, el marzo de 1965 en Mónaco, que fue el debut de Everding. Entre los –desgraciadamente pocos- registros discográficos recuerdo particularmente nuestro Wildschütz de Lortzing, grabado en mayo de 1963 con la encantadora Anneliese Rothenberger en el papel de la Baronesa Freimann y Fritz, como el Barón Kronthal.

Casi parecía que sabía que tenía los días contados. Vivía la vida planamente, degustando cada momento. Todavía hoy entre los amigos y los colegas, terminamos siempre hablando de Fritz.

Fritz tenía pasión por la caza. A mi no me gusta, no puedo disparar a los animales. Pero como en otras ocasiones, me dejé convencer por Fritz, una vez que estábamos en Erding, para que lo acompañara. Quería compartir con sus amigos su hobby. Fritz se echó a la espalda tres rifles de diversos calibres, un cuarto me lo dio a mi y nos pusimos en marcha, caminando durante horas, por el bosque otoñal.

Aunque ha sido tan cantada la primavera, el otoño es mi estación favorita, me encanta el aire perfumado de las hojas, los colores rojos y amarillos. También Fritz estaba de buen humor. Si hubiera imaginado que durante toda la jornada no íbamos a ver ni la punta de la cornamenta de algún animal, hubiéramos terminado pronto el paseo. Finalmente llegamos a nuestro puesto de caza, subimos, nos colocamos y comenzamos a esperar. Esperar, esperar. Pasaban las horas. No se movía ni un arbusto.

“Mira, toma el reclamo –susurró Fritz- y silva. Como Papageno en la sala de Sarastro. Es para las hembras de corzo”. Me llevé a los labios el silbato y comencé a soplar. “¡No tan rápido, tonto! –decía susurrando- con intervalos más largos, como un cachorro que llama a su madre”. Así que alargué los intervalos, sin obtener ningún resultado. Me quería morir, no podía aguantar más tiempo sentado en una barra de hierro. Al rato Fritz escuchó algo, me dio un golpe y señaló un gran chopo. Algo se movía. Entonces ese algo se metió en el tronco del árbol. Fritz disparó. Vi –como si fuera ahora- un animal que se metía en la espesura del bosque y desaparecía como un rayo. “Un gato salvaje”, dijo Fritz. Gracias a Dios que no lo cogiste, pensé yo. Fritz guardó todo su arsenal, “Hagamos un poco de tiro al blanco”, propuso un poco enfadado. Eran cerca de las tres y media.

A pesar de mi adversión hacia este tipo de divertimentos, no soy un principiante con las armas. En los entrenamientos semanales de tiro en el campo de adiestramiento paramilitar en Landsberg-an-der-Warthe, donde nos evacuaron en 1943/44 a los estudiantes berlineses, en las pruebas obligatorias, en las más difíciles, era bastante bueno. En la competición con el amigo Fritz estaba seguro.

Bajamos de nuestro puesto de caza. “Digamos unos 120 metros”, propuso Fritz. Así que cogió de su mochila un rollo de cinta adhesiva, una navaja de bolsillo, un blanco plegado. Sacó, por último, una pistola automática. “Esta la he comprado ahora, hace un par de días. Probémosla –dijo-, toma”. Tomé la pistola, la empuñé, mi dedo índice se fue directamente al gatillo. “Prepárala, yo pongo el blanco”. En ese mismo momento , se disparó. La pistola se partió.

Me mareé. Fritz, el bosque, la pistola en mi mano, todo flotaba ante mis ojos, en medio de la niebla.

“Hijo mio, di qué te da miedo, ¿qué oculta tu rostro?”
“¿No ves a tu padre, el Rey de los elfos?”
“¿El rey de los elfos, con la corona y el manto?”
“Hijo mio, es un rastro de niebla”.

Hacía poco que había cantado esta balada de Goethe, Erlkönig (El Rey de los elfos) para un disco. La melodía de Schubert no se me quitaba de la cabeza. Me sucede hoy en día y es tremendo. El sonido se quedó en mi cerebro, y giraba y giraba. Faltó poco para desmayarme.

“¡Mierda!”, esclamó Fritz mientras me iba recuperando. “¿Estás loco? –grité- ¡cogí el arma sin el seguro, podía haberte matado con un solo disparo!

“Un despiste”, aseguró Fritz.

“¡Qué quiere decir un despiste, cretino! ¡Es una temeridad!”

“Pero no ha pasado nada”.

“¡No ha pasado nada! ¡No te he dado en la cabeza por un pelo! ¡Eso es lo que ha pasado!.

Tuve que sentarme de nuevo, encontrar el equilibrio. Me temblaba todo el cuerpo, me vi caer como Eugenio Onegin en la ópera, ve el cadáver de su amigo Lensky. Nuestro destino como cantantes y como personas pendieron de un hilo. Unos dos centímetros más a la derecha y estaría muerto. ¡Qué titular para los periódicos! “¡Homicidio de un cantante en el bosque de Erding!” o “Prey asesina a Wunderlich”.

Este suceso vuelve a mi cabeza a menudo, en la madrugada entre el sueño y la vigilia o antes de un concierto, en la calma del camerino. Me ha perseguido en sueños.[…]

No puedo cantar Papageno sin acordarme de Fritz. ¡Qué emocionante era ir con él al monte de Sarastro! Nuestras voces sonaban particularmente bien juntas. Querían proponernos como duo para Così fan tutte¸ La flauta mágica, El Barbero de Sevilla, La Travista, Eugeni Onegin y en tantas otras.

La juventud de Fritz fue muy dura. Una vez quiso mostrarme el lugar donde nació, Kusel-im-Pfalzer-Bergland, entre Traer y Kaiserlauten. Dijo: “Debes ver de donde vengo”. Y una vez lo acompañé a su casa. Me llevó a una pequeña casa en el bosque, como las de los cuentos, me llevó por una escalera: esa era su habitación cuando era niño. Paredes sin enlucir, dos camas de madera, en medio una mesa con un barreño y una jarra. “Sólo tuve un gato vagabundo –me dijo- ahora entiendes porqué algunas veces parezco un loco”. Luego caminamos hacia un manzano. “¿Y este árbol?”. “Me mataron el gato y lo enterré aquí”.

La semana anterior a la muerte de Fritz está entre las más inolvidables de mi vida. A primeros de septiembre de 1966, habíamos cantado una selección de Madama Butterfly con Pilar Lorengar, después habíamos grabado un disco en colaboración con el Instituto Goethe en once ciudades de Sudamérica, de paso también estaba previsto un Liederabend en la embajada alemana en Dakar. No sé porqué me sentía incómodo. Era algo en el aire. Una voz dentro de mí me decía que debía haber renunciado a la tournee en Sudamérica. “Sucederá algo –le dije a Bärbel- candelemos todo”. Pero no obstante partimos.

El viaje nos llevó de París a Las Palmas y a Dakar, pero no a Sudamérica: después de una serie de desventuras, trastornos físicos y contratiempos varios, con un constante presentimiento, el 10 de septiembre estábamos de nuevo en Alemania. Bärbel, que no se encontraba bien, se quedó en Mónaco, yo me fui a Amrum, una isla de las Frisisas, en el Mar del Norte, donde teníamos una casa de veraneo. Era necesario arreglarle el tejado: yo, más nervioso que nunca, para distraerme salí al tejado para ayudar al operario. Estaba sentado allá arriba cuando sonó el teléfono. Era Bärbel: “Hermi, ha pasado algo horrible. Ha muerto Fritz”.

No entendía lo que me estaba diciendo: “¿Cómo? ¿De qué estás hablando?”

“Fritz ha muerto”

“Fritz, ¿qué Fritz?”

Bärbel pronunció: “Si, él… Fritz… nuestro Fritz”. Había ido el fin de semana a la casa de un amigo para cazar, le llamaron por teléfono y se cayó por las escaleras cuando bajaba. Una semana antes de cumplir 37 años.

Este era el presentimiento que no me dejaba.

Quizás la inscripción que Grillparzer hizo inscribir en la tumba de Schubert, pueda valer todavía más para Fritz: “La muerte ha sepultado aquí un gran tesoro, pero todavía más una bella esperanza”.

Cuando un mes después salió nuestra última grabación juntos Eine Weihnachtsmusik (Música de Navidad), escribí para la cubierta del disco: “Mi amigo Fritz ha muerto. Estas palabras me parecen hoy en día más absurdas. Nuestra amistad, artística y privada, se volvió en los últimos años una síntesis única. Habíamos compartido innumerables episodios divertidos y muchos momentos serios. Podíamos discutir noches enteras sus problemas personales o sus problemas musicales. Los momentos pasados con él en el escenario o delante de un micrófono, han sido los más bellos de mi carrera. No hemos discutido nunca sobre el fraseo o los colores de un determinado pasaje –nuestra compenetración era perfecta. A menudo tocábamos el piano a cuatro manos, durante horas, o paseábamos por el bosque.

Fritz tenía un enorme conocimiento del canto –yo he aprendido mucho de él. Este Hijo de los Dioses, con sus inmensos dones naturales para la música se encontraba todavía a comienzos de su carrera luminosa: qué nos hubiera podido dar… Me dijo la última vez que estuvimos juntos: “Ahora me vienen los mejores años. El cantante adquiere las lágrimas, está maduro para conmoverse, a los cuarenta años”. No sabía que tenía ya esa capacidad.

Nosotros dos teníamos metas verdaderamente ambiciosas. Queríamos inventar los Dioscuri del canto. El destino ha decidido de forma distinta. Yo debo quedarme solo, soy el gemelo abandonado. Echaré de menos un amigo y un hermano en el canto, como nunca jamás encontraré.

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